No sé si habrá realmente alguien que disfrute el incesante sonar del teléfono, especialmente cuando son para vender productos que no nos interesan o para mejorar una suscripción que olvidamos. Peor aún cuando esas son las únicas llamadas que recibimos: el teléfono se vuelve nuestro enemigo abiertamente. No me extraña que más de alguno tenga una reacción negativa condicionada a ese sonido.
Pues imaginen estar en casa muy tranquilamente, y que de pronto no deje de sonar el teléfono. Que minuto tras minuto suene y no puedan escapar de su molesto timbre. Muy poco agradable.
Y algo así es lo que sufría esta familia: no podían tener un momento de paz por escuchar el teléfono. Pero cuando descubrieron la razón por la cual no dejaban de recibir llamadas, sólo les quedó reír.
Ojalá no hayan cancelado el contrato con el loro ni se haya transformado en una cacerola o un estofado, pues hay cosas bastante peores que podría repetir este pajarillo.
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